Crítica del disco de Oceanic - 'Trappist' (2017)

El sacerdocio de la nueva generación progresiva canadiense

Oceanic - 'Trappist'
(6 julio 2017, Records DK)

Oceanic - Trappist

Hoy nos toca presentar a la banda canadiense Oceanic, fundada en Halifax, capital de Nova Scotia, por motivo del reciente lanzamiento de su nuevo trabajo fonográfico “Trappist”, más exactamente, en la primera semana del presente mes de julio. El disco en cuestión sucede por tres años al disco debut “Origins”, el cual recogía todo el material que el grupo esforzadamente compuso y arregló desde los tiempos de su fundación, en el año 2006. Ahora este nuevo disco muestra al grupo con una fuerza de personalidad consolidada y robustecida. El ensamble conformado por Mike McPhee [bajo, mandolina y teclados], Cameron Lawrence [batería y percusión] y Glenn O’Keefe [guitarras] nos brinda una propuesta math-progresiva de gran calibre e infinita energía… y sobre todo, con una versatilidad atrapante. El derroche de ingenio que percibimos a lo largo del repertorio de “Trappist” es fenomenal más allá de lo que nuestra mente puede realmente creer a despecho de la innegable evidencia auditiva. Para ser más específicos, lo que hemos de disfrutar en este disco es una fabulosa exhibición de tensas y sosfisticadas musicalidades sonoridades progresivas, las cuales, desde un encuadre básico de math-rock con tendencia pesada, sabe abrirse a un ingenioso crisol de posibilidades eclécticas con un pulso estupendo y una autoridad convincente. Tras esta caracterización general, llega la hora de concentrarnos en los detalles individuales mientras se van mostrando ante nuestros oídos.

Durando casi 8 ¼ minutos, ‘Arabic Spring’ abre el disco con una rotunda exhibición de grooves sofisticados alimentados de una meteórica exaltación rockera. La compleja ingeniería sonora que se desarrolla a partir del encuadre de los guitarreos y la labor sesuda de la dupla rítmica ostenta un vitalismo tan fiero en su expresividad como meticuloso en los detalles esenciales de su armazón. A continuación sigue ‘Holy Mountains’, una pieza que se asienta sobre un swing que abre espacios a compases un poco más gráciles y otros a cadencias más contenidas, sin por ello renunciar al punche rockero. En todo caso, este punche exige de sí mismo un poco más de fulgor a la hora de ajustarse a la amalgama en curso, la misma que también parece coquetear ocasionalmente con la esfera más vanguardista del prog-metal. La vitalidad de ‘Arabic Spring’ ahora es reemplazada por la neurosis impredecible que hace de ‘Holy Mountains’ un estupendo ejercicio de tensos dinamismos. Los siguientes 10 minutos y pico del álbum están ocupados por la dupla de ‘Emissary’ y ‘Sefīd-Rūd’, diseñada para abrir nuevos campos para la siembra music al del trío. El primero de estos temas está signado por unas efectivas vibraciones eclécticas que incluyen altas dosis de cromatismo de inspiración arábiga, las cuales se explayan solícitamente en los arreglos de percusión y de mandolina que entran a tallar en varias secciones del desarrollo temático. Ya hemos dejado el terreno de DON CABALLERO para entrar en los de GORDIAN KNOT y TREY GUNN. Por su parte, ‘Sefīd-Rūd’ nos muestra una bizarra confluencia de ebulliciones futuristas (al modo de un inaudito híbrido de CAN y THIS HEAT) y exquisitos retorcimientos de matiz Crimsoniano a través del filtro de los STICK MEN.

Volviendo al híbrido de math-rock y prog-metal, ‘The Serac’ cumple con la misión de reinstaurar el imperio del nervio rockero, y lo hace apelando a una refrescante agilidad que en varios momentos vuelve a hacerse eco del paradigma Crimsoniano. En otro pasaje, las cosas se tornan particularmente aguerridas de tal modo que la mesa está servida para que la guitarra geste uno de sus solos más explosivos del álbum. Así las cosas, ‘Damavand’ entra a tallar como un paisaje etéreo de paisajes serenos y espíritus melancólicos, algo que nos toma por sorpresa de una manera total. Los elegantes efluvios de la guitarra acústica, que elaboran cadencias de influencias latina y parajes de tenor fusionesco, se dejan ornamentar por líneas flotantes de guitarra eléctrica y sutiles capas de sintetizador. Durando poco más de 13 minutos, ‘Path To Elborz’ cierra el repertorio exhibiendo de entrada un fulgor salvajemente furioso. El bajo suena más tormentoso que nunca mientras el ensamble se dedica a explorar diversas atmósferas y grooves a lo largo del ambicioso espacio que se otorga para decir todo lo que quiere decir en esta ocasión. Bien se puede definir a esta pieza como una correcta síntesis de las aristas más robustas y pesadas del ideario musical de la banda: dentro del esquema globalmente encuadrado dentro del paradigma del math-cok, hay cubículos y recovecos para motivos que transitan de lo psicodélico a lo prog-metalero y de allí a lo jazz-rockero, pasando por los modelos de PRIMUS, los involvidables CANVAS SOLARIS y la faceta más guerrera de KING CRIMSON. Mientras tanto, una y otra vez, el bajo hace lucir el pulso fiero de su punzante centelleo. El paraje más sutil emerge alrededor de la frontera del noveno minuto y medio, y justamente aquí empieza a armarse el camino hacia el epílogo, el cual exhibe un dinamismo jazz-rockero bastante amable mientras recibe parte del impacto de los pasajes más aguerridos que le habían precedido. Un estupendo cierre de álbum.

Vibrante y vigorosa, así es la música de OCEANIC: vibrante con un anclaje exquisito para sus electrizantes pulsiones, vigorosa sin llegar nunca a la rudeza en su majestuosa fuerza. “Trappist” es una de las obras más musculares que la escena progresiva mundial nos ha brindado en lo que va del año 2017 y debemos, por tanto, apreciarlo con enormes elogios. Al menos, eso nos parece. De hecho, es una labor de riguroso sacerdocio para la nueva generación progresiva canadiense. ¡Recomendado al 100%!

Calificación: 8,5/10


- Muestras de 'Trappist':


cesar inca mendoza

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